Señor tú te has dejado crucificar por nosotros:

“Como cordero, fue llevado al matadero” (Isaías 53:7)

Tu amor y tu obediencia sigue siendo un misterio para nosotros que nos conmueve profundamente.

¡Has venido en el mundo para buscarnos, porque tú quieres salvarnos! Dentro de nosotros hay oscuridad y mucho dolor; hay mucho odio y maldad. Tú vienes con tu humildad y su bondad y nos ayudas a ver nuestros pecados; concédenos el don de las lágrimas, nosotros somos pecadores que tú quieres salvar y con tu perdón que encontramos la libertad, la vida y la paz verdadera, no nos dejes nunca nuestro dulce Amor.

Gracias a la Eucaristía recibida como gracia de Dios, después de la Santa Misa y una confesión profunda, nos das la forma más poderosa
para conmover tu corazón y conseguir cualquier gracia que necesitamos, pero también la oración es un excelente momento que nos prepara a encontrar a Dios, en nuestros corazones sabemos, Señor, que Tú siempre haces lo que te preguntamos, y estamos preguntá
ndotelo a través de María, nuestra madre: cambia nuestro corazón y convertirlo en un corazón generoso, afable, bueno y nuevo.

Dios nos muestra que el rencor, la venganza, la falta de perdón, el resentimiento y el odio no son virtudes cristianas, y que más bien deben aprender a ser como Él: rico en misericordia, que perdona siempre; a ser tolerante, paciente, compasivo. “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34) El Espíritu Santo iniciará así a modelar tu corazón y a transformarlo día tras día.

Recitamos con coherencia, amor y sinceridad la oración del Nuestro Padre.

Padre nuestro,
que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal. Amén.