Ladrón roba corona de espinas pero Jesús mueve el brazo crucificado y lo atrapa

En una antigua catedral, que cuelga de alturas vertiginosas, hay un crucifijo de plata masiva que tiene dos peculiaridades.
La primera es la corona de espinas en la cabeza de Jesús: todo es de oro macizo adornado con rubíes y su valor es incalculable.

La segunda peculiaridad es el brazo derecho de Jesús se separa y se estiró en el vacío. Una historia explica por qué. Hace muchos años, una noche, un ladrón audaz y acrobático diseñado un plan perfecto para aprovechar la magnífica corona de oro y rubíes.
Él se sentó en una de las ventanas en el techo atado a una cuerda y moviendo el crucifijo llegó. Pero la corona de espinas se fija con gran solidez y el ladrón sólo tenía un cuchillo a tientas para separar. Se puso la hoja del cuchillo debajo de la corona e hizo palanca con todas sus fuerzas. Lo intentó y lo intentó de nuevo, sudando y resoplando.
La hoja del cuchillo se rompió e incluso la cuerda, demasiado estresado, se separó de la ventana. El ladrón había de ser aplastado en el suelo, pero el brazo crucificado movió y lo atrapó. Por la mañana el sacristán lo encontró allí, sano y salvo, manteniéndose bien (y con afecto) por Jesús crucificado.