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Yo sí perdoné una infidelidad y ahora somos incluso más felices

“¿Tú has oído eso de ‘lo único que no perdonaría es una infidelidad’? Pues eso es exactamente lo que yo decía cuando me casé”. Ana sintetiza con sus palabras el extendido recelo sobre la posibilidad de perdonar un adulterio. En realidad, tras más de dos décadas de matrimonio y cuatro hijos, ni ella ni Raúl, su marido, tenían motivos para contemplar la posibilidad de que una tercera persona pudiera interponerse entre ambos.

“Mi marido era muy atento y correctísimo, y yo era alegre y pasional. Los dos queríamos mucho a nuestros hijos, teníamos responsabilidades en el Camino Neocatecumenal y éramos un matrimonio feliz”, cuenta.

Sin embargo, hace seis años, Ana (que nos ha pedido emplear un nombre falso para ella y para su esposo) atravesó una crisis de fe que la llevó, primero a ella y luego a él, a abandonar la Iglesia.

“Fue alejarnos de Dios y perder el norte”, dice. “Poco a poco, empezamos a vivir vidas paralelas. Aquella crisis coincidió con mi menopausia, y me hizo encerrarme en mí misma y pasar mucho tiempo sola, así que él se volcó en su trabajo. Raúl siempre había viajado mucho por trabajo, pero antes, al volver, lo compartíamos todo, mientras que en ese momento dejamos de hablar de cosas importantes y yo incluso lo menospreciaba cuando él acudía a misa”.

Hace cuatro años, se incorporó al trabajo de Raúl una compañera diez años más joven que él, atractiva y con dinero, que se acababa de separar. Al principio, Raúl comenzó a consolarla “por compasión, porque también tenía hijos y lo estaba pasando mal”, pero el acercamiento se hizo cada vez más íntimo.

“Aquello fue un engaño del demonio en toda regla, porque no fue una aventura de una noche. Ella fue como una válvula de escape y, finalmente, pareció ser la solución para Raúl”, relata Ana.

Una Blackberry y unos hijos providencialmente atentos a las rutinas de sus padres destaparon el engaño. Pero entonces, Raúl reunió a la familia y les dijo que se marchaba de casa. “Se me vino el mundo encima y me entró una ira enorme”, recuerda Ana.

Por fortuna, las dos primeras llamadas que hizo –a su párroco y a unos amigos del Camino– le hicieron darse cuenta “de que la única que estaba en situación de salvar a mi familia era yo, pero que solo podría hacerlo pidiéndoselo a Jesucristo”.

Al volver a rezar, “sentí la necesidad de abandonar la ira y de perdonarlo. Le envié un SMS para decirle que sentía mucho lo que yo había hecho, que nuestra familia no merecía acabar así y que iba a rezar por él. Lo hice con paz y sin rabia. Y fue eso lo que le hizo responderme que teníamos que hablar”.

Aquella conversación fue el inicio de un arduo camino que llevó a Raúl, poco después, hasta la casa de su amante para romper todo contacto con ella. Al salir, le dijo a su mujer: “Ahora, por fin, soy libre”.

Poco a poco, las heridas fueron sanando y Ana y Raúl superaron su crisis “queriéndonos y cuidándonos más y, sobre todo, volviendo a confiar en el inmenso poder de Jesucristo, porque sin Él no habríamos salvado la situación. Yo sí perdoné una infidelidad, pero porque el perdón es un don de Dios y Él se lo otorga a quien se lo pide”.
Por José Antonio Méndez

Artículo publicado originalmente por Revista Misión