Oh Virgen Inmaculada, tu que eres la Madre de Jesús y mía, dirige tu mirada de misericordia y de amor sobre mí, que de la maternidad siento hoy más que nunca toda la dulce responsabilidad.
A ti confío, oh Madre, mis hijos que amo tanto, por los cuales he sufrido tanto y que un día tendré que dar cuentas a tu Hijo Divino.
Enséñame a guiarlos como Santa Rita guió a sus hijos, con manos seguras por la vía que conduce a Dios.
Hazme tierna sin ser débil y fuerte sin ser dura.
Obtén para mí aquella paciencia que no se cansa nunca y todo lo soporta, porque persigue una sola meta que es la salvación eterna de mis criaturas.
Ayúdame en esta difícil tarea oh Virgen Santa. Forma mi corazón a imagen del tuyo y haz que mis hijos vean en mí el reflejo de tus virtudes de modo que, después de haber aprendido de mí a amarte y servirte en esta tierra, alcancen un día a alabarte en el cielo. Con este propósito dispón para ellos, Reina de todos los santos, la protección de Santa Rita de Casia.
Al reflexionar sobre los Magos, el Papa Francisco nos invita a no considerarlos figuras lejanas… Read More
Entre las enseñanzas más incisivas de Jesucristo, esta frase ocupa un lugar central. Es breve,… Read More
En su magisterio pastoral, Juan Pablo II insistió con fuerza en un punto a menudo… Read More
Juan Pablo II nos enseña que hay momentos de la historia personal y colectiva en… Read More
El amor de Nuestro Señor se revela tanto en el alma más sencilla, que no… Read More
Una humilde imagen custodiada con cuidado esconde una de las historias más sorprendentes de la… Read More