Bienaventurada Virgen María, Madre del Verbo, Madre de todos aquellos que creen en Dios y lo acogen en sus vidas, aquí estamos delante de ti para contemplarte. Creemos que te hallas entre nosotros, como una madre permanece entre sus hijos, a pesar de que nuestros ojos no te vean.
Tú eres el camino seguro que conduce a Jesús, el Salvador; te bendecimos por todos los beneficios que incesantemente nos brindas, sobre todo porque, en tu humildad, te dignaste a aparecer milagrosamente en Kibeho, en un momento en que en nuestra tierra tiene tal necesidad.
Danos la luz y la fuerza necesarias para acoger de manera inmediata tu llamamiento a convertirnos, a arrepentirnos y a vivir según el Evangelio de tu Hijo.
Ayúdanos a orar sin hipocresía y a amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado; como tú nos lo has pedido, seamos siempre una deliciosa fragancia de hermosas flores que se propaga por todas partes.
Oh, Santa María, Nuestra Señora de los Dolores, enséñanos a comprender el valor de la cruz en nuestras vidas, para que lo que falta a los sufrimientos de Cristo lo recibamos en nuestra propia carne en favor de su Cuerpo místico, que es la Iglesia. Intercede a fin de que cuando acabe nuestra peregrinación sobre esta tierra, podamos vivir eternamente contigo en el Reino de los Cielos. Amén.
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