Bendecid a vuestro hijo, ¡oh mi buena Madre! Bendecidme, cuando por la mañana me pongo de rodillas para ofrecer a Dios las acciones del día; cuando voy al trabajo donde me llama el deber; cuando la fatiga, la tristeza o la contradicción vienen a probarme; cuando el enemigo de la salvación se esfuerza en seducirme; y cuando por la noche me dispongo a descansar para mejor cumplir el día siguiente los deberes que me granjearan la verdadera felicidad.
Bendecid a vuestro hijo, ¡oh mi buena Madre! Que vuestra bendición me acompañe de día y de noche, en la consolación y en la tristeza, en el trabajo y el reposo, en la salud y enfermedad, sobre todo a la hora de la muerte, hora en que será fijada mi eterna suerte.
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