El relato del Evangelio del día 27 de julio se abre en un momento de intimidad y recogimiento: Jesús está inmerso en la oración. La escena muestra cómo la oración no es una actividad ocasional o superficial, sino una experiencia fundamental, un tiempo dedicado al encuentro con el Padre. Ante la petición de un discípulo que se dirige a Jesús pidiéndole que le enseñe a orar, el Cristo responde con las palabras más bellas que el cristianismo de todos los tiempos haya conocido. Jesús responde, de hecho, con la fórmula que se convertirá en la oración más amada y recitada en el cristianismo: el Padre nuestro.
Del Evangelio según Lucas
Lc 11,1-13
Jesús estaba en un lugar orando; cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos». Y él les dijo: «Cuando oren, digan:
“Padre,
santificado sea tu nombre,
venga tu reino;
danos cada día nuestro pan cotidiano,
y perdona nuestros pecados,
porque también nosotros perdonamos a todo aquel que nos debe,
y no nos dejes caer en la tentación”».
Luego les dijo: «Si alguno de ustedes tiene un amigo y a medianoche va a él y le dice: “Amigo, préstame tres panes, porque ha llegado a mí un amigo de viaje y no tengo qué ofrecerle”; y el que está adentro le responde: “No me molestes, ya está cerrada la puerta, y mis niños y yo estamos en cama, no puedo levantarme a darte los panes”, les digo que, aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, por su insistencia se levantará y le dará todo lo que necesite.
Pues les digo: pidan, y se les dará; busquen, y encontrarán; llamen, y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre.
¿Qué padre de ustedes, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente en lugar del pez? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si ustedes, siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!».
Cada frase encierra un contenido teológico y práctico fundamental: desde la santificación del nombre de Dios, que reconoce su trascendencia y su santidad, hasta la espera de su Reino, signo de una realidad futura pero ya presente en la fe. Cada frase es una oración que une el presente con la esperanza futura. Jesús, luego, no se limita solamente a enseñar una de las oraciones más importantes de toda la cristiandad. El Cristo, posteriormente, cuenta una parábola a primera vista muy concreta y casi cotidiana: un hombre que va a medianoche a la casa de un amigo para pedirle pan.
El obstáculo inicial, representado por la puerta cerrada y el rechazo, no desanima al que pide, quien insiste con fuerza y determinación. Jesús extiende el mensaje invitando a sus seguidores a pedir, buscar y llamar: tres verbos que indican una actitud activa de quien desea encontrar a Dios y obtener lo que necesita. La promesa es clara: quien se abre así, recibirá, encontrará y verá abiertas las puertas.
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