El amor a Dios no es estático ni distante, sino un movimiento que involucra a todo el ser humano. Como decía San Juan Pablo II, amar a Dios significa correr hacia Él, iniciando un viaje sorprendente que transforma la vida.
San Juan Pablo II describe el amor hacia Dios como una carrera, un movimiento gozoso y decidido. Su pensamiento sobre este tema es breve pero muy intenso: “Amar a Dios es correr hacia Él para un viaje maravilloso”. No se trata de un simple sentimiento interior, sino de un dinamismo que involucra corazón, mente y voluntad. Amar a Dios significa levantarse, salir de los propios miedos y correr hacia Aquel que nos ama desde siempre. En este movimiento descubrimos que la fe no es inmovilidad, sino un camino que se abre al infinito.
Comparar el amor a Dios con un viaje es una de las imágenes más poderosas. Todo viaje implica dejar algo atrás, enfrentar desafíos y descubrir nuevas metas. Así es la vida cristiana: un itinerario que parte de lo cotidiano y se abre a lo eterno. Juan Pablo II invitaba a los jóvenes a no tener miedo de emprender esta aventura. Amar a Dios significa aceptar ser caminantes, peregrinos que no se conforman con lo poco, sino que buscan la plenitud.
La carrera evoca entusiasmo, energía, deseo de alcanzar una meta. El amor a Dios no es resignación ni fatiga estéril, sino entusiasmo contagioso. Quien ama corre porque sabe que al final del camino lo espera un abrazo que no defrauda. Juan Pablo II mostraba esta alegría en sus encuentros, en su mirada, en sus palabras. Para él amar a Dios no era un deber pesado, sino el descubrimiento de una belleza que renueva continuamente.
Caminar y correr hacia Dios significa también transformar la manera de mirar el mundo. Quien ama a Dios no huye de la realidad, sino que la vive con ojos nuevos. La creación se convierte en signo de belleza, las personas en hermanos, incluso las dificultades en oportunidades para crecer. Juan Pablo II enseñaba que la vida cristiana no es una ilusión, sino una concreción que transfigura cada gesto cotidiano, desde el trabajo hasta el sufrimiento.
El viaje hacia Dios no se recorre en soledad. La Iglesia, los sacramentos, la comunidad, son compañeros indispensables de camino. Correr hacia Dios significa formar parte de un pueblo en camino, que comparte alegrías y fatigas. Juan Pablo II subrayaba que la fe es siempre personal, pero nunca individualista. Cada uno corre con su propio paso, pero todos van hacia la misma meta: el encuentro con Cristo.
Al final del viaje, la promesa es clara: encontrar a Dios cara a cara. Juan Pablo II recordaba que el sentido de la vida no se encuentra en las cosas pasajeras, sino en el amor eterno que nos espera. Correr hacia Dios significa no perder tiempo, no quedarse quietos, sino apresurar los pasos hacia lo que realmente cuenta. Cada oración, cada gesto de caridad, cada sacrificio vivido con amor se convierte en un paso más hacia la meta final: el abrazo con el Padre. Amar a Dios, según Juan Pablo II, no es un concepto abstracto, sino una experiencia concreta y dinámica. Es una carrera llena de alegría, un viaje que nunca deja de sorprender, un camino que lleva de la tierra al cielo. Acoger esta invitación significa transformar la vida en una peregrinación de amor, con la certeza de que al final nos espera el rostro luminoso de Dios.
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