Un hallazgo arqueológico en Fráncfort ilumina la historia cristiana más antigua al norte de los Alpes: un amuleto grabado con el nombre de Jesús nos habla de un coraje escondido pero vivo, que todavía hoy sigue inspirando la fe.
Como informa Avvenire, en la necrópolis romana de Nida, cerca de Fráncfort, los arqueólogos han encontrado un amuleto de plata del siglo III d.C., dentro del cual se custodiaba una lámina metálica enrollada. Las palabras grabadas rezan: «Santo, santo, santo… en el nombre de Jesucristo, Hijo de Dios».
Este testimonio extraordinario no solo confirma la presencia cristiana en aquellas regiones en la época antigua, sino que nos muestra cómo la fe podía ser custodiada en objetos simples y al mismo tiempo poderosos, capaces de proteger espiritualmente a quienes los llevaban consigo.
El pequeño cilindro no era una joya decorativa, sino un filacterio: un objeto religioso destinado a custodiar textos sagrados o invocaciones. Para los cristianos del siglo III, a menudo perseguidos, representaba un modo discreto y seguro de mantener cerca el recuerdo de Jesús.
Aquel creyente anónimo, que llevaba al cuello el amuleto, eligió confiar no en un símbolo mágico, sino en la fuerza de la Palabra grabada, un signo silencioso de su pertenencia a Cristo.
Las palabras contenidas en el amuleto tienen un valor litúrgico y espiritual profundo. La invocación “Santo, Santo, Santo” es la misma que todavía hoy resuena en la Misa, seguida de la afirmación de fe: “en el nombre de Jesucristo, Hijo de Dios”.
Es un fragmento que revela la teología de los primeros siglos, en la que Jesús era proclamado como centro de la vida y de la fe. No un simple amuleto protector, por lo tanto, sino una declaración de identidad cristiana grabada en el metal.
El filacterio de Nida, escondido durante siglos y ahora sacado a la luz, se convierte para nosotros en un puente entre pasado y presente. Nos recuerda que la fe no necesita alarde: basta la firmeza del corazón que elige creer.
Aquel pequeño amuleto, con el nombre de Jesús grabado, nos invita hoy a llevar con nosotros un signo de nuestra fe, sea un gesto, una oración o un símbolo que ilumine nuestra cotidianidad.
Este hallazgo se inserta en un contexto más amplio: las comunidades cristianas de los primeros siglos vivían a menudo en los márgenes de la sociedad. Sin grandes iglesias, sin la posibilidad de proclamar públicamente la fe, elegían signos discretos, como símbolos, oraciones grabadas y pequeños objetos que custodiar.
El amuleto de Nida es por lo tanto parte de una historia de resistencia y de esperanza. Nos muestra que no es necesario tener poder o visibilidad para ser testigos: basta un corazón que custodie el nombre de Jesús y lo transmita de generación en generación.
El hallazgo arqueológico no es solo un dato para los estudiosos, sino una invitación para los cristianos de hoy. Vivimos en un mundo que a menudo mira con indiferencia o sospecha la fe, y sin embargo también nosotros estamos llamados a ser luz discreta. El amuleto del siglo III es hoy un símbolo actual. Nos anima a no tener miedo de mostrar nuestra fe, incluso con gestos sencillos. Llevar un crucifijo al cuello. Hacer la señal de la cruz en público. Decir una palabra de esperanza a quien sufre. Estos son los “nuevos amuletos”, signos cotidianos que dan testimonio de una fe viva.
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