En el Evangelio del día del 12 de noviembre, el Señor nos invita a reflexionar sobre la gratitud. Jesús va de camino a Jerusalén, el lugar del don total. En el trayecto, diez leprosos se le acercan gritando desde lejos: «¡Jesús, maestro, ten piedad de nosotros!». Son hombres excluidos, heridos en el cuerpo y en el alma, obligados a la soledad. Sin embargo, a pesar de la distancia, Jesús los ve. Es la mirada del corazón, la que reconoce el sufrimiento y responde con compasión. Les invita a “presentarse a los sacerdotes”, como prescribe la Ley, pero la curación ocurre mientras caminan. Es en el camino de la confianza donde el milagro sucede.
Evangelio del día, 12 de noviembre: la gratitud que reconoce a Dios
Del Evangelio según San Lucas
Lc 17,11-19
Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba por Samaria y Galilea.
Al entrar en un pueblo, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y le gritaron: «¡Jesús, maestro, ten piedad de nosotros!». Al verlos, Jesús les dijo: «Vayan a presentarse a los sacerdotes». Y mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, al verse curado, regresó alabando a Dios en voz alta, y se postró rostro en tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Era samaritano. Jesús dijo entonces: «¿No quedaron limpios los diez? ¿Y los otros nueve dónde están? ¿Ninguno volvió para dar gloria a Dios, sino este extranjero?». Y le dijo: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado».
Entre los diez curados, solo uno vuelve atrás. Es un samaritano, un extranjero, considerado impuro dos veces: por la enfermedad y por su origen. Pero es él quien se postra a los pies de Jesús y le da gracias. Su gratitud se convierte en oración, en reconocimiento, en adoración. Jesús se maravilla: “¿Y los otros nueve dónde están?”. No es una pregunta de reproche, sino una invitación a reflexionar. La fe verdadera no se agota en pedir y recibir: se convierte en relación, en memoria viva del bien recibido.
La fe que salva
Jesús pronuncia palabras decisivas: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado». Todos fueron curados, pero solo uno fue salvado. La diferencia está en la respuesta del corazón. La curación afecta al cuerpo, la salvación toca el alma. El samaritano no solo recibió la salud, sino un encuentro que transformó su vida. Es la fuerza de la fe agradecida, la que sabe volver atrás no por deber, sino por amor.
Un camino de gratitud
El Evangelio de hoy nos invita a preguntarnos: ¿reconocemos los dones de Dios en nuestra vida? La gratitud no es solo un sentimiento amable, sino una forma de mirar. Quien da gracias vive en la luz, reconoce que todo es gracia. En un mundo que a menudo olvida decir “gracias”, el Evangelio nos recuerda que la gratitud abre el corazón a la alegría, transforma la fe en comunión y el milagro en relación.
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