La salvación a menudo llega cuando menos lo esperamos, abriendo caminos nuevos justo donde creíamos que había un callejón sin salida. El Evangelio del día del 18 de noviembre nos lleva ante un encuentro que lo cambia todo, pero aún no sabemos cómo.
En el Evangelio del día del 18 de noviembre, la salvación aparece no como un premio para los perfectos, sino como un don que sorprende a quien tiene el coraje de buscar. Todo comienza con un deseo: Zaqueo quiere ver a Jesús. No sabe aún qué sucederá, no imagina la profundidad del encuentro, pero ese pequeño movimiento del corazón se convierte en el primer paso hacia una transformación que nadie habría previsto. Es un inicio que aún no revela su cumplimiento, pero deja entrever que algo grande está por suceder.
Del Evangelio según San Lucas
Lc 19,1-10
En aquel tiempo, Jesús entró en la ciudad de Jericó y la estaba atravesando, cuando un hombre llamado Zaqueo, jefe de los publicanos y rico, trataba de ver quién era Jesús, pero no lo lograba a causa de la multitud, porque era de baja estatura. Entonces corrió más adelante y, para poder verlo, subió a un sicómoro, porque Jesús debía pasar por allí. Cuando llegó al lugar, Jesús levantó la mirada y le dijo: «Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa».
Al ver esto, todos murmuraban: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador». Pero Zaqueo, poniéndose en pie, dijo al Señor: «Mira, Señor, doy la mitad de lo que poseo a los pobres y, si he robado algo a alguien, devuelvo cuatro veces más». Jesús le respondió: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también él es hijo de Abraham. En efecto, el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido».
Zaqueo es un hombre rico, poderoso y profundamente despreciado. Jefe de los publicanos, símbolo de corrupción, alguien de quien mantenerse lejos. La multitud lo juzga, lo excluye, lo considera perdido. Y sin embargo, precisamente él, que parece tan lejos de Dios, siente dentro una sed que lo empuja a correr, a exponerse, a subir a un sicómoro para no perder el paso del Rabí de Nazaret.
Este gesto infantil y humildísimo rompe cualquier esquema: el hombre de los cálculos y del poder se convierte en el hombre que busca, que desea, que renuncia a la dignidad con tal de encontrar un rostro que le devuelva la vida.
Jesús llega, levanta la mirada y pronuncia el nombre de Zaqueo. No lo reprende, no le echa nada en cara, no le pide explicaciones. Simplemente lo llama. Esa mirada es el punto de inflexión: no ve al pecador, sino al hombre; no ve los fracasos, sino la sed del corazón. «Hoy tengo que alojarme en tu casa»: es un anuncio que sacude toda certeza. Jesús no espera que Zaqueo se vuelva mejor, no espera que se “purifique”: lo alcanza en su imperfección y trae consigo una posibilidad nueva.
La salvación entra siempre así: un Dios que precede, sorprende y abraza antes del cambio.
Zaqueo baja “rápidamente”, lleno de alegría. Es la alegría de quien se siente visto y amado como nunca antes. Y de esa alegría nace la conversión: no por obligación, no por miedo, sino como desbordamiento de un corazón liberado.
«Doy la mitad a los pobres… devuelvo cuatro veces más»: no es un deber moral, es un gesto de libertad. Cuando la salvación entra en una casa, cambia las cuentas, invierte las prioridades, transforma la vida.
«Hoy ha llegado la salvación»: hoy.
La salvación no es una idea, es una presencia. No es un proyecto a largo plazo, es un encuentro que sucede aquí y ahora.
Jesús ha venido a buscar lo que estaba perdido: y lo sigue haciendo cada día. Nadie está demasiado lejos, nadie es demasiado pequeño, nadie está tan comprometido como para no poder ser alcanzado.
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