El amor de Nuestro Señor se revela tanto en el alma más sencilla, que no se resiste en absoluto a la gracia, como en el alma más sublime.
Santa Teresa de Lisieux encierra uno de los núcleos más revolucionarios y consoladores de la espiritualidad cristiana: Dios no mide el amor con criterios humanos, ni lo concede en función de los méritos o de capacidades extraordinarias. Para Santa Teresa, la gracia no está reservada a quienes realizan grandes hazañas espirituales, sino a quienes se dejan amar. El alma “más sencilla” no es la ingenua o superficial, sino aquella que no opone resistencia a la acción de Dios. Es el corazón que no se defiende, que no pone condiciones, que no pretende comprenderlo todo antes de confiar. En esta disponibilidad radical, el amor de Dios encuentra espacio para manifestarse plenamente. La Santa de Lisieux revierte así la idea de una santidad elitista: no es necesario ser sublime para acoger a Dios, basta con estar abierto. La gracia no busca héroes, sino corazones que se dejan alcanzar.
Santa Teresa: el alma sublime y la humildad que la hace verdadera
Al mismo tiempo, Teresa no desvaloriza el alma “más sublime”. Existen caminos de gran profundidad espiritual, vocaciones excepcionales, experiencias místicas elevadas. Pero también aquí el criterio decisivo no es la altura, sino la humildad. Sin humildad, incluso la sublimidad corre el riesgo de convertirse en resistencia. Sin abandono, incluso las virtudes más altas pueden cerrar el alma en lugar de abrirla. Para Teresa, el alma sublime es verdaderamente tal solo cuando reconoce que depende enteramente del amor de Dios, como un niño que sabe que no puede salir adelante por sí solo.
La “pequeña vía”: un camino para todos
Este pensamiento se inserta plenamente en la célebre “pequeña vía” teresiana: un camino hecho de confianza, abandono y amor en las cosas ordinarias. No es la grandeza del acto lo que cuenta, sino el amor con el que se realiza. La gracia no se detiene ante la pequeñez; al contrario, la predilige, porque allí no encuentra obstáculos. La sencillez se convierte entonces en el lugar privilegiado de la revelación del amor de Dios. Donde no hay orgullo, no hay miedo al fracaso, no hay necesidad de demostrar, Dios puede actuar libremente.
Un mensaje de esperanza para todo creyente
En un tiempo que exalta el rendimiento, la excelencia y el éxito incluso en la vida espiritual, Santa Teresa de Lisieux ofrece un mensaje liberador: el amor de Dios no hace clasificaciones. Se revela con la misma intensidad en el alma que se abandona sin resistencias y en aquella que recorre cumbres altísimas, siempre que ambas permanezcan abiertas a la gracia. Esta visión devuelve esperanza a quien se siente pequeño, frágil, inadecuado. Ante Dios, la verdadera grandeza no es ser sublime, sino dejarse amar. Y es precisamente allí, en la sencillez desarmada del corazón, donde el amor del Señor se revela con toda su potencia.
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