En su magisterio pastoral, Juan Pablo II insistió con fuerza en un punto a menudo descuidado, pero decisivo: enseñar a orar es parte esencial de todo ministerio sacerdotal. No se trata de una tarea accesoria, ni de una devoción reservada a unos pocos “especialistas del espíritu”, sino de una urgencia vital para la salud de la fe cristiana.
El Papa parte de una constatación simple y desarmante: muchos fieles serían capaces de orar en profundidad, de vivir la oración mental, pero nadie se lo ha enseñado. Para Juan Pablo II, la oración, de hecho, no es solo espontaneidad o sentimiento; es también educación del corazón, acompañamiento paciente, transmisión de un método. Como toda relación auténtica, también la relación con Dios crece cuando se cultiva.
Juan Pablo II no habla de una oración ocasional o funcional, ligada solo a los momentos de necesidad. Invita más bien a una oración frecuente y cuidada, vivida tanto comunitariamente como en el silencio personal. La liturgia, la oración en grupo, los momentos eclesiales son fundamentales, pero no bastan si no están sostenidos por un encuentro íntimo y gratuito con Dios. Es aquí donde emerge un aspecto central de su pensamiento: la gratuidad de la oración. Orar no solo “para obtener”, sino para estar con Dios, para escucharlo, para dejarse mirar. Sin esta dimensión interior, la fe corre el riesgo de convertirse en un conjunto de prácticas externas, correctas pero estériles.
La imagen utilizada por el Papa es fuerte: sin interioridad, los fieles “se agotan”. La acción pastoral, caritativa, social puede volverse frenética, ruidosa, pero vacía. Como un “címbalo que resuena”, produce ruido sin generar vida. También la práctica religiosa, si no está alimentada por la oración profunda, termina por secarse. Juan Pablo II nunca contrapone oración y acción. Al contrario, las une de manera inseparable. La oración auténtica no aleja del mundo, sino que hace fecunda la acción, liberándola del activismo y de la ansiedad por el resultado. Es en la interioridad donde el creyente recupera el sentido de su obrar y la capacidad de perseverar sin desanimarse.
Por eso el Papa confía a los sacerdotes una responsabilidad clara: educar en la oración. No solo explicándola, sino testimoniándola. Enseñar a permanecer en silencio, a meditar la Palabra, a vivir la oración mental como espacio de verdad ante Dios. Es una tarea que requiere tiempo, paciencia y una profunda vida espiritual. En un mundo marcado por la prisa y la dispersión, la enseñanza de Juan Pablo II sigue siendo de sorprendente actualidad. Sin interioridad, la fe se cansa y se apaga. Con una oración vivida “con frecuencia y bien”, en cambio, la vida cristiana recupera aliento, profundidad y alegría.
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