Con el Evangelio del día del 31 de agosto nos encontramos ante una escena cotidiana, pero de profundo valor espiritual: un banquete, una invitación a una boda, los lugares que se eligen. De este detalle, Jesús extrae una enseñanza que atraviesa los siglos: la humildad es el camino que conduce a la verdadera grandeza.

Jesús se encuentra en casa de un jefe de los fariseos, observado con atención por quienes no pierden ocasión de juzgarlo. En ese clima de sospecha, el Maestro no se cierra ni se endurece, sino que transforma la situación en ocasión de verdad. Al notar que los invitados buscaban los primeros puestos, Jesús cuenta en el Evangelio del día del 31 de agosto una parábola. No es solo un consejo de buenos modales, sino un mensaje mucho más profundo.
Evangelio del día, 31 de agosto: la enseñanza escondida
Del Evangelio según San Lucas
Lc 14,1.7-11
Un sábado Jesús fue a casa de uno de los jefes de los fariseos para comer, y ellos lo estaban observando.
Les dijo a los invitados una parábola, notando cómo escogían los primeros puestos: «Cuando seas invitado a una boda por alguien, no te sientes en el primer lugar, no sea que haya otro invitado más digno que tú, y aquel que os invitó a ti y a él venga a decirte: “Cédele el lugar”. Entonces, con vergüenza, ocuparás el último puesto. En cambio, cuando seas invitado, ve a ponerte en el último lugar, para que cuando venga el que te invitó te diga: “Amigo, sube más adelante”. Entonces tendrás honor delante de todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».
El Evangelio del día del 31 de agosto nos muestra que la invitación de Jesús no es solo a “quedar bien” delante de los demás, sino a cambiar la mirada sobre la vida. Buscar los primeros puestos, las luces de los reflectores, los reconocimientos, es tentación de todos los tiempos. Pero quien vive así siempre corre el riesgo de la vergüenza de ser “puesto atrás”. Al contrario, quien elige la discreción y el último lugar experimenta la sorpresa de un Dios que eleva a quien no busca ponerse en el centro.
La humildad como fuerza
La humildad no es rebajarse, no es pensar que no se vale nada. Es, más bien, tener un corazón libre de la ansiedad de sobresalir. Jesús invierte las lógicas del mundo: quien se enaltece será humillado, y quien se humilla será enaltecido. Es una promesa que no se basa en equilibrios sociales, sino en la fidelidad de Dios, que mira al corazón más que a las apariencias. El Evangelio de hoy nos invita a preguntarnos: ¿dónde buscamos nuestro lugar? ¿Nos afanamos en defender roles, títulos, reconocimientos? ¿O sabemos confiar en un Dios que conoce el valor de cada uno y da el verdadero honor a quien no lo pretende? La humildad se convierte así en el secreto de la libertad interior: no vivir por la aprobación ajena, sino por la mirada de amor de Dios.
Lee también: Santa Teresa de Lisieux: el camino hacia lo eterno