Hay palabras de Jesús que nos sorprenden, que parecen voltear toda lógica. En el pasaje evangélico propuesto por el Evangelio del día del 7 de noviembre, la parábola del administrador deshonesto se convierte en una lección de inteligencia espiritual: nos invita a buscar una sabiduría del corazón, aquella que sabe mirar más allá de las apariencias y transformar incluso los errores en ocasión de conversión y de bien.

La página del Evangelio del día del 7 de noviembre nos ofrece una enseñanza profunda, capaz de iluminar nuestra vida cotidiana. Jesús cuenta una parábola que, a primera vista, parece desconcertante. Un administrador es acusado de derrochar los bienes de su señor y, sabiendo que será despedido, idea un plan para asegurarse el futuro. No actúa por honestidad, sino por conveniencia: reduce las deudas de los deudores de su amo, esperando así ganarse su gratitud. Y, sorprendentemente, el señor lo elogia: no por su deshonestidad, sino por su rapidez, por la capacidad de reaccionar con inteligencia ante una crisis.
Evangelio del día, 7 de noviembre: Jesús y la astucia de los hijos del mundo
Del Evangelio según San Lucas
Lc 16,1-8
En aquel tiempo, Jesús decía a sus discípulos:
«Un hombre rico tenía un administrador, y éste fue acusado ante él de derrochar sus bienes. Lo llamó y le dijo: “¿Qué es eso que oigo de ti? Rinde cuentas de tu administración, porque ya no podrás seguir administrando”. El administrador se dijo a sí mismo: “¿Qué voy a hacer ahora que mi señor me quita la administración? Cavar, no tengo fuerzas; mendigar, me da vergüenza. Ya sé lo que haré para que, cuando me quiten la administración, haya quien me reciba en su casa”. Llamó uno por uno a los deudores de su señor y dijo al primero: “¿Cuánto debes a mi señor?”.
Él respondió:
“Cien barriles de aceite”. Le dijo: “Toma tu recibo, siéntate pronto y escribe cincuenta”. Después dijo a otro: “¿Y tú cuánto debes?”. Respondió: “Cien medidas de trigo”. Le dijo: “Toma tu recibo y escribe ochenta”. El señor alabó a aquel administrador deshonesto, porque había actuado con astucia. Pues los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz».
Jesús comenta con palabras que desconciertan: “Los hijos de este mundo son más astutos que los hijos de la luz”. No es un elogio de la picardía en sí misma, sino una fuerte advertencia a los creyentes: si los hombres se esfuerzan tanto por las cosas terrenas, ¡cuánto más deberíamos esforzarnos nosotros por las eternas! El administrador deshonesto usa inteligencia, creatividad, rapidez. ¿Y nosotros? ¿Sabemos emplear con igual pasión nuestras energías por el Reino de Dios?
La sabiduría que nace del amor
La verdadera sabiduría del corazón no es astucia, sino discernimiento. Es la capacidad de leer la realidad con los ojos de Dios, de saber elegir el bien incluso en las situaciones difíciles. Jesús nos pide ser astutos en el bien: no ingenuos, no pasivos, sino personas que saben encontrar caminos nuevos para servir, perdonar y amar. Quien vive de fe debe aprender a “invertir” no en ganancias inmediatas, sino en relaciones, en misericordia, en justicia.
El valor de lo que realmente cuenta
La parábola nos pone ante una pregunta decisiva: ¿sobre qué estamos construyendo nuestra vida? El administrador, aunque deshonesto, comprende que el futuro depende de las relaciones, no del dinero. Así también nosotros: la única inversión que no pierde valor es el amor entregado. Ésta es la verdadera inteligencia evangélica —la sabiduría del corazón— que transforma el tiempo presente en eternidad.
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