
La paz es un don que a menudo buscamos fuera, mientras Dios la ofrece en el punto más frágil del corazón. El Evangelio del día del 20 de noviembre nos acompaña ante un llanto inesperado, el de Jesús, que no juzga sino que ama hasta las lágrimas.
En los primeros instantes de este pasaje no todo está revelado: hay una ciudad, Jerusalén, hay un silencio que pesa y hay un llanto que habla más que las palabras. Lo que nos enseña el Evangelio del día del 20 de noviembre es que precisamente la paz es el hilo oculto que atraviesa toda la escena, un llamado que también se dirige a nosotros. La paz que desea Jesús no es una idea abstracta, sino una posibilidad real y concreta que nace del encuentro con Él. Cuando ve Jerusalén, no la reprende: la contempla y llora. Llora porque la ama. Llora porque conoce el potencial de bien que guarda y el dolor que le espera.
Este llanto es la revelación de un corazón que no se resigna. Es la manifestación de un Dios que sufre cuando el hombre cierra los ojos ante el don de la paz.
Evangelio del día, 20 de noviembre: el drama de “no reconocer”
Del Evangelio según San Lucas
Lc 19,41-44
En aquel tiempo, Jesús, cuando estuvo cerca de Jerusalén y vio la ciudad, lloró sobre ella diciendo:
«¡Si también tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está oculto a tus ojos.
Porque para ti vendrán días en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán y te estrecharán por todas partes; destruirán a ti y a tus hijos dentro de ti y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has reconocido el tiempo en que fuiste visitada».
«No has reconocido el tiempo en que fuiste visitada»: estas palabras son un relámpago que atraviesa la historia. El dolor de Jesús no nace de la violencia de los enemigos, sino de la indiferencia del corazón humano.
Jerusalén no ve, no comprende, no acoge. Permanece cerrada. Es una imagen que también nos habla a nosotros: ¿cuántas veces la paz nos roza, pero no la reconocemos porque estamos distraídos, heridos, absorbidos por mil pensamientos?
El Evangelio nos invita a detenernos, a escuchar la visita de Dios, que no entra con estruendo, sino con una delicadeza que puede ser fácilmente ignorada.
La paz que salva la vida
El llanto de Jesús no anuncia solo una tristeza: indica un camino.
La paz no nace de circunstancias favorables, sino de una mirada que acoge a Dios. Si esto falta, todo se vuelve frágil: relaciones, proyectos, ciudades, futuro.
El pasaje parece duro, pero no es una amenaza: es un grito de amor. Jesús desea que nadie pierda la ocasión de reencontrar el camino; nos invita a no vivir “con los ojos ocultos”, sino a reconocer los signos de su presencia en nuestra historia.
Una invitación para hoy
Este Evangelio es un llamado actual: dejarnos alcanzar por la paz que Cristo ofrece.No una paz falsa ni hecha de apariencias. Es la paz que nace de un corazón reconciliado, de una mirada que se abre y del valor de dejarse amar por Dios. El llanto de Jesús marca el inicio de un renacimiento. Cada vez que reconocemos su visita, nuestra vida recupera equilibrio y encuentra una nueva dirección.
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