Evangelio del día, 30 de agosto: la parábola de los talentos

El Evangelio del día del 30 de agosto nos propone la parábola de los talentos, una de las más conocidas e incisivas de Jesús. Es un relato que va más allá de la imagen económica y se convierte en invitación espiritual: los dones recibidos de Dios no deben esconderse, sino hacerse fructificar.

Evangelio del día, 30 de agosto
Evangelio del día, 30 de agosto – LaluzdeMaria

Jesús cuenta de un señor que entrega sus bienes a los siervos, distribuyendo a cada uno “según sus capacidades”. Lo que nos ofrece Jesús con el Evangelio del día del 30 de agosto es un detalle precioso: Dios conoce a cada uno de nosotros, sabe de lo que somos capaces y nos confía lo que podemos llevar adelante. No hay comparación que hacer, sino responsabilidad que vivir. Los talentos no son solo monedas: representan tiempo, energías, relaciones, fe. Todo lo que tenemos es don recibido, entregado con confianza.

Evangelio del día, 30 de agosto: la fidelidad en la vida cristiana

Del Evangelio según Mateo
Mt 25,14-30

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola:
«Sucederá como a un hombre que, al partir de viaje, llamó a sus siervos y les confió sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos, a otro uno, según la capacidad de cada uno; luego partió.
Enseguida, el que había recibido cinco talentos fue a emplearlos y ganó otros cinco. Del mismo modo, el que había recibido dos, ganó otros dos. En cambio, el que había recibido uno solo, fue a hacer un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor.
Después de mucho tiempo, el señor de aquellos siervos volvió y quiso ajustar cuentas con ellos.
Se presentó el que había recibido cinco talentos y llevó otros cinco, diciendo: “Señor, me entregaste cinco talentos; mira, he ganado otros cinco”. “Bien, siervo bueno y fiel –le dijo su señor–, has sido fiel en lo poco, te daré poder sobre mucho; entra en el gozo de tu señor”.
Se presentó luego el que había recibido dos talentos y dijo: “Señor, me entregaste dos talentos; mira, he ganado otros dos”. “Bien, siervo bueno y fiel –le dijo su señor–, has sido fiel en lo poco, te daré poder sobre mucho; entra en el gozo de tu señor”.

Se presentó finalmente también el que había recibido un solo talento y dijo:

“Señor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste. Tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra: aquí tienes lo tuyo”.
El señor le respondió: “Siervo malvado y perezoso, sabías que cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí; debías haber entregado mi dinero a los banqueros y así, al volver, habría recibido lo mío con los intereses. Quítenle, pues, el talento, y déselo al que tiene diez talentos. Porque a todo el que tiene, se le dará y vivirá en abundancia; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y al siervo inútil échenlo fuera, a las tinieblas; allí será llanto y rechinar de dientes”».

El miedo que paraliza

Los dos primeros siervos se ponen en juego: no se quedan quietos, arriesgan, trabajan. Y el señor los llama “buenos y fieles”. Su fidelidad no es inmovilismo, sino capacidad de atreverse. Así el Evangelio del día nos recuerda que la verdadera fidelidad a Dios pasa por el coraje de hacer crecer lo que Él nos ha confiado. No basta con custodiar, es necesario multiplicar. El cristiano no está llamado a esconderse, sino a dar fruto. El tercer siervo, en cambio, elige el camino del miedo. Conserva el talento recibido, pero lo entierra. No lo pierde, pero tampoco lo hace crecer. En él vemos el riesgo de una fe bloqueada por la ansiedad de equivocarse: miedo de arriesgar, miedo de vivir hasta el fondo la responsabilidad confiada. El Evangelio nos advierte: el temor que inmoviliza no es signo de prudencia, sino de falta de confianza.

Un camino de responsabilidad

El final de la parábola es duro, pero realista: quien pone en juego los dones recibidos entra en el gozo del señor, quien los entierra los pierde. Jesús nos recuerda que la vida es movimiento: o crece, o se apaga. El cristiano está llamado a un camino de responsabilidad y coraje, porque cada pequeño gesto de amor, cada talento compartido, se convierte en semilla de eternidad.

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